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De mi amiga: Gaby Vargas
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10-22-01 Que tu paso por este mundo, colabore a dejarlo mejor de cómo lo encontraste". Leo esta frase que me confronta escrita en la pared de una escuela rural. Una escuela en medio de la nada, cuyas casitas más cercanas quedan a por lo menos media hora de camino. Pienso en el esfuerzo de los niños que vienen hasta aquí. Familia y amigos disfrutamos una mañana excursionando en la tranquilidad del campo. A nuestro regreso a la casa, los encabezados del periódico que anuncian las catástrofes bélicas y el miedo que se siembra ante la amenaza del Ántrax contrastan enormemente. Los hijos de mis amigos de 8 y 10 años comienzan a hacer preguntas de la situación y las imágenes difundidas, del bioterrorismo, de las falsas alarmas, de los bombardeos, o de niños afganos moribundos en el hospital que no comprenden. La frase que más escuchan de los anunciadores de desgracias y de coleccionistas de horrores es: ¿En qué irá a parar todo esto? ¿Se formará la tercera guerra mundial? Sin darnos cuenta de la zozobra que en ellos provoca. Una señal de S.O.S. llega a nuestras conciencias. ¿Cómo explicarle al niño que no le pasará nada a su papá el lunes que tiene que volar a Managua? ¿Que en las cartas que llegan a su casa difícilmente vendrán contaminadas? ¿Y que no le pasará nada cuando vaya al dentista que se encuentra en el piso 10 de un edificio? Para mi el mayor peligro no está en que nos invada por equivocación un misil dirigido a Afganistán, o a nuestro país vecino, o que un Talibán suicida estrelle un avión contra la Torre Latinoamericana, o que las cartas nos invadan de esporas. El mayor peligro, está en sembrar en las conciencias de nuestros hijos que el enemigo está en cualquier lado. La amenaza, y el miedo a la amenaza. En que en ellos se anide la semilla del temor y la desconfianza hacia los seres humanos, porque su mente no logra racionalizar lo que a los adultos nos cuesta trabajo entender. Hoy desconfiamos de todo el mundo y quizá no nos damos cuenta que al cerrar materialmente nuestras puertas con miles de llaves y cerrojos, estamos también cerrando el corazón, incluso con la gente que nos rodea. Esto, aunado a esas frases que los adultos solemos decir al azar como: Piensa mal y acertarás, o No seas ingenuo, que no ves que te están viendo la cara, No confíes en nadie..., No le des pan a esa persona, No salgas sólo, son la verdadera amenaza que debemos atender. **** A todos nos indigna pensar como la crueldad de unos pocos es capaz de arruinar el esfuerzo de tanta gente buena y trabajadora que por generaciones se ha esforzado en cumplir la frase que leí en la pared de aquella escuela en el campo. Nos indigna también la cantidad de desempleos que esto genera. Pero también me queda muy claro que el mundo no se compondrá porque todos nos pongamos a decir lo mal que está. Que hace más daño al corazón pasarse la vida desconfiando de todos que recibir de vez en cuando una decepción. José Luis Martín Descalzo dice que "La denuncia que se queda en pura denuncia... es aire que se lleva el aire."Y el que desconfía de todo, por fuerza se queda solo. Y ¿qué hacer?¿Tirar la toalla y hundirnos en el pesimismo y la desesperanza? ¿Lamentarnos y traerlo a la conversación en cada reunión? ¿Escudarnos en el ambiente para justificar nuestra situación? O ¿Sentarnos y no hacer nada? ****** Aunque en este momento pareciera que el mal brilla mucho más que el bien, nuestra obligación como adultos, es sembrar pedacitos de esperanza, transmitir a los niños, cada vez que podamos, que en el ser humano hay muchos más motivos de admiración que de desprecio. Como dice el mensaje de paz que Vos me mandastes Tony, "Ahora se trata de amar, de abrazar más fuerte a los nuestros, de caminar de la mano y acariciar la esperanza...", Que nuestros hijos le de pan a quien lo necesita, que piensen bien aunque a veces no acierten, porque como decía Sófocles "Para quien tiene miedo todo son ruidos". Nadie nos pide que cambiemos el mundo, además no podemos. Lo que si podemos es, aportar ese poquito que está en nuestras manos, no más a través de trabajo, actitud y palabras de esperanza. Con esto, podemos remediar tres o cuatro milésimas de ese mal, pero sabiendo de sobra que esas tres o cuatro milésimas de bien son tan contagiosas como las restantes del mal. En lugar de preguntarnos ¿A dónde va el mundo? Mejor preguntémonos ¿A dónde voy yo? Contra la desesperanza no hay más que un tratamiento: informarnos, hacerse menos suposiciones y trabajar más. Lo único que se nos pide es nuestro esfuerzo personal para que se cumpla lo que ese letrero de la escuela rural decía: " Que tu paso por este mundo, colabore a dejarlo mejor de cómo lo encontraste". Gracias amigo Gaby...Besos como a ti te gustan
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