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Nicaragua, dice la Vox Populi y no en forma metafórica sino por experiencias vividas, es el país del absurdo en el que flota el plomo y se hunde el corcho. Como prueba de ese comportamiento que no logran explicar las leyes de la física y tampoco las normas de la razón teníamos hasta hace una semana el absurdo mayúsculo de un Daniel Ortega cabalgando en caballo blanco, como si se tratase de un adalid de la justicia a cuyo supuesto apego por la ley se debía en no poca medida el encarcelamiento de Arnoldo Alemán y de su cómplice principal en el si no mayor, por lo menos el último saqueo sufrido por el país.
Pero esa voz de la sabiduría que es la Vox Populi dice también que Dios ciega al que quiere perder, y Daniel Ortega no podía ser excepción a esa regla. No contento con las cuotas de poder que logró extraer de un Arnoldo Alemán recién llegado al Ejecutivo que necesitaba para sus actos dolosos de la participación pasiva del FSLN y aguijoneado por las declaraciones de Powell, Ortega reaccionó no de la manera fría y calculadora que se espera del líder de una fuerza política, sino que lo hizo instintivamente pretendiendo aprovecharse del infortunio de un encarcelado Alemán para tragarse de un mordisco el Poder Ejecutivo, el único del que no logró sacar tajada por el pacto de 1999 y que el pueblo le ha negado en las urnas ya por tres veces consecutivas y que él mismo sabe está dispuesto a negárselo tres veces más.
De primas a primeras la jugada parecía pintada en la pared: los asociados de Alemán le entregarían a Ortega los votos de la AN para que este pudiera desbaratar el Poder Ejecutivo, reformar la Constitución para convertir el cargo de Presidente de la República en algo meramente decorativo y fusionar los Poderes Ejecutivos y Legislativos en la AN, desde la cual Ortega gobernaría como un Dictador absoluto, tal vez con el título de Primer Ministro. Todo ello a cambio de un sobreseímiento definitivo para su jefe, que pasaría a jugar un papel de títere complaciente a cambio de su libertad.
Pero, como siempre hay un pelo en la sopa aquí no podía faltar uno y salió uno muy grande. El plan requería nada más y nada menos que el harakiri de los Diputados del PLC, pues al entronizar a Ortega de nuevo como Dictador ellos mismos estarían trocando su futuro político y hasta sus libertades individuales y bienes personales por la excarcelación de Alemán, un sacrificio demasiado grande aún tratándose de su mismísimo Jefe. Peor aún, pensarían algunos, en esas condiciones el Jefe ya no sería jefe de nada, pues el papel que le tocaría jugar sería el que Ortega le asigne y por el tiempo que quiera.
Visto de esa manera la posibilidad de un nuevo pacto, tal como Ortega y Alemán lo desean es un imposible, pues en el PLC nadie está dispuesto a dar su propia vida por Alemán, Wilfredo Navarro no obstante. Lo anterior no significa que no habrá pacto, sino que el pacto llegará hasta donde alcance la conveniencia mutua de los dos caudillos, lo que de seguro dejará a Alemán en su cárcel de lujo en el Chile y a Ortega desnudo ante la opinión pública no ya como el justiciero que aparentaba ser sino como un oportunista capaz de pactar hasta con un reo en espera de sentencia con tal de volver a ser dictador y amo de Nicaragua, pero uno que no pudo tragarse esta vez el bocado más hermoso, aúnque esté listo a hacerlo cuando la oportunidad le sea propicia.
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