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Los Motivos del Lobo (La situación actual)
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LOS MOTIVOS DEL LOBO (La visión de Rubén Darío) El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Comandante Bravo, está con un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal: ¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo! Rabioso, ha asolado a toda Nicaragua; cruel, ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores de las iglesias, y son incontables sus muertos y daños. Fuertes cazadores somocistas armados de hierros fueron destrozados. Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos soldados, como de cabritos y de corderillos. Miguel salió: al lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra él. Miguel, con su dulce voz, alzando la mano, al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano Ortega!" El animal contempló al varón de tosco sayal; dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas, y dijo: "!Está bien, Comandante Obando y Bravo!" "¡Cómo!, exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿La sangre que vierte tu hocico diabólico, el duelo y espanto que esparces, el llanto de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no han de contener tu encono infernal? ¿Vienes del infierno? ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?" Y el gran lobo, humilde: "¡Es dura la vida, y es horrible el hambre! En el bosque helado no hallé qué comer; y busqué el ganado, y en veces comí ganado y pastor. ¿La sangre? Yo vi a los somocistas sobre sus Vecat, llevando el azor al puño; o correr tras el jabalí, el oso o el ciervo; y a más de uno vi mancharse de sangre, herir, torturar, de las roncas trompas al sordo clamor, a los animales de Nuestro Señor. ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!" Miguel responde: "En el hombre existe mala levadura. Cuando nace, viene con pecado. Es triste. Mas el alma simple de la bestia es pura. Tú vas a tener desde hoy qué comer. Dejarás en paz rebaños y gente en este país explotado. ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!" "Esta bien, Comandante Miguel Obando y Bravo." Ante el Señor, que todo ata y desata, en fe de promesa tiéndeme la pata." El lobo Ortega tendió la pata al Comandante Miguel, que a su vez le alargó la mano. Fueron a la aldea. La gente veía y lo que miraba casi no creía. Tras el religioso iba el lobo fiero, y, baja la testa, quieto le seguía como un can de casa, o como un cordero. Miguel llamó la gente a la plaza y allí predicó. Y dijo: "He aquí una amable caza. El hermano Ortega se viene conmigo; me juró no ser ya vuestro enemigo, y no repetir su ataque sangriento. Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!", Contestó la gente toda de la aldea. Y luego, en señal de contentamiento, movió la testa y cola el “buen” animal, y entró con Miguel Obando y Bravo al convento. Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían y los claros ojos se le humedecían. Aprendió mil gracias y hacía mil juegos cuando a la cocina iba con los legos. Y cuando Miguel su oración hacía, Ortega a los pobres las sandalias lamía. Salía a la calle, iba por el monte, descendía al valle, entraba a las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo. Un día, Miguel se ausentó. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el Ortega probo, desapareció, retornó al poder, y recomenzaron su aullido y su saña. Otra vez sintióse el temor, la alarma, entre los vecinos y entre los pastores; colmaba el espanto en los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio tregua a su furor jamás, como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás. Cuando volvió al pueblo el Comandante Bravo, todos lo buscaron con quejas y llanto, y con mil querellas dieron testimonio de lo que sufrían y perdían tanto por aquel infame lobo del demonio. Miguel Obando y Bravo se puso severo. Se fue a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. Y junto a su cueva halló a la alimaña. "En nombre del Padre del sacro universo, conjurote dijo, ¡OH lobo perverso!, a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal? Contesta. Te escucho." Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: "Hermano Miguel, no te acerques mucho... Yo estaba tranquilo allá en el convento; al pueblo salía, y si algo me daban estaba contento y manso comía. Mas empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían los "malos", ganaban los débiles, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos. Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguía tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos: los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos. Y así, me apalearon y me echaron fuera. Y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente; mas siempre mejor que esa mala gente. Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar. Como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar. Déjame en el risco, déjame asaltar nuevamente el fisco, déjame existir en mi libertad, y te daré leche y miel vete a tu convento, hermano Miguel, sigue tu camino y tu santidad." El Comandante Miguel no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..." |
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