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Old 10th December 2003, 21:43
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LOS PARQUES OLVIDADOS DE MANAGUA, NUESTRA CAPITAL


Adán Torres



No sé por qué, pero siempre que se acerca la Navidad me acuerdo de Managua, nuestra linda y querida capital, destruida, desgraciadamente, por un horrendo terremoto que dejó muchos miles de muertos y una igual cantidad de heridos.

Para cualquier niño, lo más atractivo de una ciudad son los parques y yo no era la excepción, por eso escribiré de ellos en esta pequeña narrativa.

En el parque Rubén Darío me sentía yo muy importante, porque sentía que el personaje por quien ahí habían construido aquel romántico monumento, con musas, arpas, liras, coronas de olivos y blancas palomas, hacía sentir orgullosos a mucha gente adulta, nicaragüenses y turistas que constantemente visitaban aquel pequeño parquecito.

Contiguo al parque Rubén Darío quedaba el parque Central o parque de las tortugas; una pila de agua cristalina que tenía en su centro un encantador puentecito que lo cruzaba de lado a lado, desde donde los niños y adultos capitalinos podíamos admirar una notable cantidad de tortugas del Lago Xolotlán, además de unos cuantos lagartos negros y también g/cuajipales, que casi siempre se mantenían escondidos debajo de dicho puentecito; también, me fascinaba buscar y tratar de encontrar en las copas frondosas de los árboles, ardillas, perezosos y preciosos pájaros cantores vestidos con plumajes de diversos colores; decían que en este parque habían hasta monos araña y monos cara blanca, pero la verdad, yo nunca los vi.

Bajando por la acera del Palacio del Ayuntamiento, frente al Lido Palace, y la Casa del Águila, esta última, propiedad de la familia Palma Ibarra, quedaba el parque Frixione; su mayor atracción eran los bellísimos árboles de Almendro y la vía del ferrocarril por donde pasaba la vieja locomotora lanzando chorros de vapor por todos lados, mientras lanzaba al aire su estridente pito de aire, anunciando su partida hacia La Paz Centro, León, Chinandega y el precioso Puerto de Corinto; pero lo más encantador que tenía el parque Frixione, era una anciana delgada, de cabellos crespos, vestida nítidamente y cubierta con un delantal impecable; sobre su batea, se vendían, jocotes con sal gruesa de mar, mamones, mangos pelados, coyolitos, membrillos, lecheburras, cajetas de coco, cartuchos de maní y cajas de chicles Adams, rosadas y amarillas.

Al este de Managua quedaba el parque Candelaria; ahí se había quemado una antigua iglesia católica, de cuyo incendio solo podían notarse algunas paredes herrumbrosas y olvidadas; me preguntaba yo de niño, si en esos escombros se ocultaría alguna antigua leyenda macabra desde tiempos de La Colonia, pero sólo eran suposiciones y temores infundados propios de la edad.

Frente a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán quedaba el parque del mismo nombre; la peculiaridad de este parquecito es que una pequeña callecita media luna le daba un encanto tipo español, realzando dicho encanto las estructuras sevillanas de las casas de tejas arábigas a su alrededor, y a las veraneras (Buganvillas) de bellos y diferentes colores que adornaban los apretados patiecitos y verjas exteriores de dichas viviendas.

Hacia la montaña quedaba el parque Lilliam; no creo que este pequeño parquecito se llame ahora así, sin embargo, las poquísimas veces que lo visité, se distinguía por su olor peculiar a pasta de lustrar y a anilina negra o café; los lustradores eran abundantes pues allí se lustraban las botas los oficiales y clases de la Guardia Nacional de Nicaragua; seguramente en dicho parquecito lustraba sus botas Tomás Borge Martínez, cuando fue sargento del somocismo.

Las calles más transitadas de Managua eran la Avenida Roosevelt que subía de la Plaza de la República hasta la calle de La Explanada, pues de allí en adelante perdía todo su encanto, ya que había una especie de barrera fronteriza e invisible entre lo civil y lo militar.

La calle de La Explanada hacia occidente se convertía en calle Colón, famosa por sus farmacias y boticas, pero sobre todo, por la famosísima Panadería Leytón.

La calle 15 de Septiembre era la más extensa y albergaba a casi todo el comercio de la industria del cuero, de las que me acuerdo, el Calzado Pantoja y La Casa del Lagarto; pero también había joyerías de muy buena calidad. La calle 15 de Septiembre y la avenida Roosevelt eran las que se vestían de lujo en la Navidad, pero la segunda era la más decorada.

La Avenida Bolívar corría paralela a la Roosevelt y era la que se galardonaba con el Teatro González y el Club Internacional. Famosa era también la calle El Triunfo, pero ésta más bien servía de salida al tráfico de Managua hacia la carretera sur; sin embargo su atractivo principal era la Destilería Nacional, pues dicha calle siempre estaba plagada de bazuqueros.

Tres mercados suplían las necesidades básicas de los Managuas, el mercado Central y el San Miguel, y el mercado Boer; los dos primeros estaban enclavados en el propio corazón de Managua y eran alegrísimos, jamás podré olvidarlos mientras viva. Allí se vendían desde tiradoras, hasta libros usados en perfecto estado; el frito y el chicharrón eran deliciosos con tortilla caliente, y la masa de tiste batida con molinillo dentro de una jícara real, era de superior calidad, allí olía a sardinas secas, a cebollas y repollos, a queso ahumado; pero también a coyoles en miel, a mangos, guayabas y bananos recién cortados, a hojuelas, a turrones de trigo bañados con miel negra de atado de dulce, a alfeñique, a caña de azúcar, a limones dulces, y a la fragancia de la flor del Madroño.

El Mercado Boer ayudó un poco a descongestionar los mercados detallados, pero la popularidad no decreció en ellos, hasta el año de la Navidad Negra, el día del terrible terremoto que asoló nuestra querida Capital.

Casi todos los comerciantes de Managua empezaron en estos dos viejos mercados, eran más bien Tianguis. Julio Martínez tenía ahí un negocio de reparar bicicletas hasta que se le ocurrió la gran idea de importar motocicletas Honda del Japón y allí cambió su suerte y convirtió su nombre y apellido en un gran emporio. Los baisanos árabes y turcos empezaron en las aceras de ambos mercados vendiendo sus telas al menudeo, mas luego convirtieron sus negocios ambulantes en grandes almacenes al mayoreo. Los orientales también empezaron en estos dos mercados vendiendo Chow-mein, Chow-sui y sopas de mariscos Wan-tan, construyendo después, con sus excelentes ganancias, bellísimos restaurantes tipo pagodas chinas.

En la Roosevelt quedaban las tiendas de lujo, ¡y qué lujo!, de allí que decoraran la avenida preciosamente durante los días navideños.

Managua era alegrísima en tiempos de Navidad; la plaza se iluminaba de bujías blancas, lo mismo el Palacio Nacional, que fue construido durante la Administración Zelaya; el Club Managua era casi Patrimonio Nacional, ¡bellísimo!, con un jardín matizado de una extensa variedad de rosas fragantes, separadas por pasillos decorados con ladrillos de cerámica importada; y aquellas hermosas mesas cubiertas con impecables manteles blancos, la verdad, ¡un verdadero primor!

El viento que venía del Lago de Managua era un poco frío y traía aromas de uvas, manzanas y peras, que se vendían por libra y por docena a los clientes que podían darse el lujo de pagar al mayoreo por aquellas delicadezas; mas, para los que no podían pagar de esa forma, unas vivanderas capitalinas se las ingeniaron para vender en sus bateas dichas frutas al menudeo, así que, a sus clientes pobres les vendían por tan sólo un córdoba, una docena de uvas metidas en los paquetitos cuadrados de celofán que habían servido de envoltorio a las cajetillas de cigarrillos de diferentes marcas y sabores; y las peras y manzanas también por unidad, dependiendo a cómo las vivanderas habían comprado las cajas importadas a los grandes mayoristas del mercado.

De los pueblos y ciudades del interior bajaban desde obreros y campesinos, hasta ganaderos y gente pudiente para hacer sus compras navideñas; la actividad comercial era febril y a veces se mantenían abiertas las tiendas hasta altas horas de la noche. Desde Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá, venían a comprar y a pasar vacaciones de Navidad, los turistas centroamericanos a nuestra Managua, la Capital de Nicaragua.

Los edificios y tendidos eléctricos se llenaban de golondrinas, y de los edificios y casas de dos pisos se escuchaban por las puertas y ventanas abiertas los villancicos navideños y los cánticos de La Purísima o Gritería: -Navidad, Navidad, hoy es Navidad, o, ese cabellito rubio, que te cuelga por la frente, parecen campanas de oro que van llamando a la gente.

Había calor humano entre los nicaragüenses que vivíamos en la vieja Managua. El siete de diciembre la gente comía gratis desde golosinas, como gofios, leche burras y cajetas de cocos; frutas, como trozos de caña, naranjas y limones dulces, hasta platos de comida como, arroz a la valenciana, arroz con pollo, indio viejo, nacatamales y carne asada con gallo pinto.

Y luego los cohetes, triquitraques, buscapiés, candelas romanas; aquello era un espectáculo espectacular, no puedo describirlo de otra forma; el viento frío caracoleaba sin rumbo fijo haciendo mover inquietas y hacia todos lados a las banderitas ensartadas en las naranjas y los limones dulces. Era aquello una velada fabulosa, un nocturnal que, de ser posible, adultos y niños hubiéremos deseado fuese eterno, o convertido repentinamente en un cuadro al óleo plasmado por un pintor de la calidad de Armando Morales.

Y luego, apareció el terremoto, y acabo con todo, pero no voy a hablar de él, no, porque yo quiero recordar a Managua…. ¡Cómo la describí en el escrito!


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Old 10th April 2008, 04:15
Jose Luis Jose Luis is offline
Registered User
 
Join Date: Nov 2007
Posts: 2
Yo diria: Los parques y nuestra Managua inolvidable

Aunque desaparecidos, algunos de ellos, siempre viviran en mi corazon los parques y recordada vieja Managua. Me goce muchisimo leyendo el articulo. Lo felicito y le doy las gracias.
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