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Old 11th September 2003, 06:00
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EL TORO MUCO

Cuento nicaragüense de la vida real

Adán Torres

Mi padre tenía un semental que le decíamos El Toro Muco, pues no tenía cachos*; era sumamente bello, Su piel era completamente negra, tan negra; que ya entrada la noche no se le podía distinguir del todo. Y a más de algún vecino le había asustado los frijoles en bala. Sin embargo, y a pesar del incansable bufar por su belfo; al andar sobre el viejo camino que daba a los potreros, jamás le hizo daño a ser humano alguno.
En verano la historia era diferente, pues siempre rascaba con sus pezuñas delanteras la tierra seca del camino, echándose todo el polvo posible sobre su oscura piel, a tal punto, que daba risa verlo pintado con el color de un fresco nuestro llamado pinolillo*; y los ojos llorosos aticuñados* de arena.
Una tarde, junto a la angosta y larga pileta; donde tomaban agua todos los animales. Y para suerte mía, el toro muco se arrimó a beber. Después de tomar el agua con placer; me quedó viendo con sus inmensos ojos negros; sopló esta vez aire por las narices con tremenda fuerza; y aún viéndome, como un perro manso dejó poner mi tierna mano en el centro de su cabeza murruca; exactamente en el lugar donde debieron salir los sendos cachos que no tenía.
Siempre tuve la corazonada que el toro muco conocía a todos en la familia, especialmente a mi padre que se le acercaba, y lo acariciaba como si fuera un ternero de meses.
El toro muco era dueño absoluto del pequeño corral de la finca. Y casi reverente, era el amor de las pocas vacas que teníamos; pues las sinvergüenzas se derretían por él.
Un día, un amigo de mi padre le pidió si por favor le tenía un ganado, pues había vendido la finca por problemas vecinales; suplicó pues un tiempo prudencial mientras compraba otra. Mi padre accedió sin saber, que entre el ganado visitante que trajeron en camiones, venía un tremendo toro de nombre rey.
Este semental importado, era también bellísimo, valía una fortuna, era descomunal; casi salían dos toros mucos de su inmensa fisonomía; tenía dos colores. Un blanco nítido como los lirios del campo. Y un café, muy parecido a la cajeta de leche cuando se ahuma. Tenía también dos descomunales cachos, y cuidaba sus vacas con celo extremo; siempre tratando de saltarlas con un pequeño y ufano bufido, pero no pasaba a más. Solo quería demostrar a sus vacas la virilidad machista que lo caracterizaba.
Ya el rey, y las vacas ajenas acomodadas en el corral, mi padre decidió cerrar una enorme puerta de golpe de sólida madera fina con una gruesa cadena y un candado; para mantener al toro muco en el otro potrero con las vacas nuestras.
Carmen, mi madre, se alarmó sobremanera, y le dijo a mi padre; delante del dueño del ganado: -Humberto, el toro muco no va a resistir la presencia de esa bestia, va a haber pleito, y nos vamos a quedar sin toro. Ese animal lo va a matar en un dos por tres.
-No tengás cuidado mujer, dijo mi padre, -ya cerré la puerta de golpe, ninguno de los dos es capaz de romper esa enorme puerta.
Puestos sobre aviso, a lo que podría acontecer aquella tarde, todos los cipotes corrimos a una pequeña pila que formaba parte del corral, y que tenía un borde ancho de piedra cantera; y allí nos subimos y nos sentamos; a esperar el posible desenlace fatal.
Una emoción mezcla de angustia y de ansiedad se apoderó de todos nosotros, amábamos al toro muco; demasiado para perderlo violentamente.
Lo oímos venir, bufando como siempre por el viejo camino de los potreros, junto a las vacas nuestras; rumbo a la pileta del agua. Y allí fue donde el rey, al escucharlo, tomó la pauta. Se arrimó feroz a la puerta de golpe, y rozando la madera de la puerta con su inmensa mole de carne y huesos, bufaba estridentemente; algo así como una invencible locomotora de acero.
Fue entonces cuando le vimos los ojos al toro muco; totalmente desorbitados por la furia; vaho echaba por las narices, y de su belfo caía espuma que se impregnaba en la madera; sobre sus patas; sobre su piel; sobre la tierra.
¡De repente!, vimos al toro muco desaparecer.
-Tuvo miedo, me dije en un pequeño susurro imperceptible.
Miré al rey sentirse ganador absoluto de aquella batalla inconclusa; entonces una desilusión embargó toda mi alma. Aunque no quería ser espectador de aquella batalla; ver a mi héroe desaparecer sin enfrentarlo, rompió todos mis esquemas. Y cuando a mi mente quisieron venir las palabras: -el toro muco es un cobarde-, súbitamente la puerta de golpe se rompió en mil pedazos…. ¡Y comenzó la contienda!
Al unísono, un grito de júbilo salió de todas nuestras gargantas; nuestro héroe, no era un simple bufador del viejo camino que se corre al ruido de los caites. Y allí lo estaba demostrando.
Fue una batalla encarnizada, sin tregua, sin misericordia; los cachos del rey se enterraban en el toro muco que sangraba por ambos costados. A veces parecía que ganaba el uno, a veces parecía que ganaba el otro; y nuestra angustia crecía sobremanera.
Por fin lo vimos caer; el rey estaba echado en el suelo y se quejaba con dolor de muerte; casi como el que sabe que va a morir a ciencia cierta.
Mi padre le dio la orden a don Víctor Vázquez, un empleado nuestro, que su único trabajo era cuidar del jardín y lavar dos carros por la mañana. Que los apartara, a como diera lugar.
Víctor tomo una vara larga y comenzó a golpear con todas sus fuerzas al toro muco, que ni se inmutaba de la paliza que le daban.
-Sígale dando don Víctor, gritaba mi padre, -él entenderá que no debe matarlo.
Y lo imposible sucedió, el toro muco cedió a la paliza que le daba don Víctor; se separó del rey, y se quedó viendo a don Víctor como confundido, casi como diciendo: -Al rey es al que deberías dar de palos, y no a mí.
Y ese momento fue aprovechado por el rey, quien se levantó del suelo y salió huyendo del corral por una prolongada bajada que llevaba a otro camino. El toro muco se fue detrás, pero ya sin cólera, más bien como vencedor.
Como a los cinco minutos que resultaron eternos, regresó el toro muco; venía feliz, y nosotros gozábamos de su felicidad. Mi padre ordenó lazarlo, bañarlo y que se le curaran todas sus heridas. El amigo de mi padre montó de nuevo su rey y sus vacas a los camiones, y llevó su ganado con rumbo desconocido.
Tiempo después mi padre vendió las vacas y se quedó solamente con el toro muco; le tenía cariño porque había nacido de una vaca predilecta de nombre Mantequilla; el mismo día que nació mi hermano Cairo (q e p d).
Un día me encontré al toro muco lejos de nuestra casa; por un camino que lleva a otras fincas de ganado; me aparté con el caballo y lo dejé pasar, me ignoró por completo; creo que ni supo que yo estaba ahí. El pobre salía de nuestra finca a buscar el amor en las ganaderías vecinas; parecía más bien un perro vago de esos que andan solitarios por los caminos buscando perras alunadas en los caseríos.
Al llegar a casa, se lo dije a mi padre, -muy a mi pesar, tendré que venderlo, fue su triste respuesta.
Nunca más volví a verlo. Pero el recuerdo del toro muco, su bufar melancólico, su mirar noble, su gallardía, y su lento caminar inolvidable, lo traje conmigo al destierro.

Cachos = Cuernos.
Aticuñar = Llenar.
Pinolillo = Bebida natural de maiz y cacao.
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  #2 (permalink)  
Old 12th September 2003, 21:45
Scouffcoasync
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Smile Gracias

Por traernos este cuento, muy entretenido...
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  #3 (permalink)  
Old 14th September 2003, 09:34
sumatiptan
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Tu cuento me hizo reir. Traes mucha gracia. Nos vemos Willie!
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