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LA NICARAGUA QUE YO AÑORO Y QUE NUNCA MAS VOLVERA
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LA NICARAGUA QUE YO AÑORO Y QUE NUNCA MAS VOLVERA
Adán Torres Llegué como a las cinco de la tarde a casa de mi buen amigo Guillermo Lozano; su esposa, doña Lucila, conocida más por su diminutivo "Chila", cocía jocotes de cocer o jocotes de invierno, en una porra grande de aluminio. Guillermo no había llegado todavía de la huerta, a la que había ido en su carreta, jalada por dos bueyes descomunales que eran una preciosura. Mientras esperaba a Memo, me distraje escuchando a una codorniz macho, que encajada en un palito de papaturro dejaba escuchar su repetitivo canto, en la ronda de una milpa que ya empezaba a reventar sus flores en forma de espigas. Esa bella e inolvidable tarde, eran tres los motivos de mi visita, uno, eran los jocotes cocidos, dos, era la carreta cargada de sandías, pues ese año Guillermo había sembrado su huerta con esta maravillosa fruta y que al día siguiente muy de madrugadita, saldría con su carga hacia Managua a venderla en el mercado Boer. Y tercero y último, eran los cuentos de tierra adentro que contaba tan jocosamente Guillermo, apenas entraba la oscurana, sentados cómodamente en unas sillas tipo abuelita pero guachapeadas, pues estaban construidas con rústica madera de Pochote. Todos nos sentábamos en el patio de tierra de su casa, bajo la tenue luz de luna y la de unos candiles de querosín, que lanzaban sus densos humos negros hacia el cielo y que el viento hacía girar hacia todos lados, disipándolos sutilmente en la pesada atmósfera de esa noche de invierno. Lentamente comenzó a caer el crepúsculo y mientras las gallinas, apuradas por el canto del gallo empezaron a subirse en el palo de jocote, agitando fuertemente sus pesadas alas; por el patio de tierra entró la carreta de Guillermo, cejando éste los bueyes, que desesperados se fueron directo a una pilita de cemento repleta de agua y de renacuajos, en donde croaba triste, tímida, una ranita verde y solitaria. Después que despegó los bueyes del yugo y les tiró en el suelo sendos manojos verdecitos y recien cortados de zacate Jaragua, Guillermo se fue directo a la carreta, chineó una enorme sandía, la llevó a la mesa y desenvainando una cutacha que andaba fajada al cinto, la partió en dos de un sólo guasmazo y luego cortándola en pequeños pedazos, me pasó uno a mí, a sus hijos Carmen y Venancio y otro a Chila, su amada esposa. Después que me empaché de sandía, vinieron los jocotes cocidos y después vino el cuento, mientras nos comíamos un pedazo de güirila con cuajada... . Y así lo empezó Guillermo: "Una noche me invitaron unos amigos a ir a tirar al río Malacatoya, a un llano más grande que el cielo. La luna estaba como el día; me dejaron sólo espiando un palito de jocote silvestre. Como a las doce de la noche entró el venado y se paró exáctamente debajo de mí. En el preciso instante en que le iba a hacer el disparo con mi escopeta, se quebró la rama en donde estaba enganchado y enganchado caí encima del venado, me agarré de sus cuernos y aquel venado salió como alma en pena por aquel inmenso llano. Yo gritaba como loco: "Por aquí vamos, por aquí vamos", para que aquellos condenados amigos míos supieran por donde íbamos. Por fín llegamos venado y yo al río Malacatoya, que de noche parecía una enorme Anaconda plateada. El venado se zampó dentro del río con todo y mí, hasta que se cansó de nadar y se ahogó dentro del agua. Allí me encontraron mis compañeros de cacería, a la orilla del río, con aquel hermosísimo venado y sin disparar un sólo tiro de mi escopeta". Todos nos quedamos en silencio... . Mientras Guillermo esperaba nuestros comentarios. Doña Chila fue la primera que rompió el silencio, y le dijo: "Amor"... . "¡Qué clase de guayola!" Y mientras Memo se reía a carcajadas, yo me levanté y le dije mientras me levantaba y empezaba a caminar hacia mi casa: "Compadre, ese tango no se lo crée ni Carlos Gardel". Más carcajadas de Guillermo, que de lejos alcanzé a oir cuando me dijo: "Llegá mañana por la tarde a la huerta, para que le llevés unos elotes, chilotes y pipianes tiernos a tu mamá, que ya las matas están piponas de pipiancitos". "Ay llego pués", les dije, "y pasen todos muy buenas noches". Y la noche estaba inmensamente bella, cuajada de estrellas y bañada de luz de luna; los perros ladraban en los caseríos. Los grillos grillaban sobre el camino y callaban cuando sentían mis pisadas en la tierra apelmazada. Fuera de mi hogar, dos buhos chucheaban empapados de amor y de melancolía y yo me alegré serenamente, cuando entré por la puerta de mi casa. [Edited by Adan_Torres on 2nd November 2001 at 02:09] |
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