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De mi libro inédito: "EL TIRADOR", les transcribo, "EL ABUELO", espero les guste. Este libro es un homenaje a la gente humilde de nuestro pueblo. Esa gente que abusivamente han explotado hasta la saciedad y la miseria los dirigentes "emigrantes" de mi pueblo. ¡Qué tragedia! ¿Hasta cuando cambiará esta situación?
He aquí el cuento. EL ABUELO - 2 - 10 Mi amigo Gabriel y yo llegamos a la tirada como las siete de la noche. Detuve el motor del jeep en medio del llano donde supuestamente vamos a lamparear. Llovía incesantemente y los relámpagos iluminaban el llano por un instante; dándole a los palos de jícaro formas lúgubres y fantasmagóricas; después el trueno del rayo, que te da una sensación de alivio aunque sea momentáneamente y luego la luz y la descarga de otro rayo y de nuevo el temor y otra vez el alivio y la oscurana. Gabriel y yo platicamos un rato y luego el arrullo de la lluvia sobre la tolda de lona y el cansancio nos venció; así que decidímos descansar un rato mientras pasaba la lluvia. Como a la una de la mañana Gabriel me despertó porque ya había pasado el aguacero. La noche estaba llena de quiebra platas o luciérnagas, que apagaban y encendían sus lucecitas fosforescentes, como se apagan y se encienden la de los arbolitos de navidad, con la gran diferencia: “que las quiebraplatas* son verdaderas y vuelan libres en el llano; suspendidas en la densa atmósfera que queda después que pasa la lluvia”. Nos bajamos del jeep y nos fuimos a lamparear; el zacatito estaba tierno,verdecito y cuajado de millones de gotitas de lluvia, que con el haz de luz parecían diamantes o como si la Vía Láctea se había desprendido del cielo y había caído sobre aquel inmenso llano. Gabriel me señaló a una chorrera de conejos que andaban brincando sobre el pastizal. Me pidió que los tirara pero le dije que primero íbamos a buscar los venados y si no los encontrábamos, entonces tiraríamos los conejos. Le pareció buena idea y seguimos lampareando hasta las cuatro de la mañana. Los venados no salieron, entonces nos regresamos a tirar los conejos; tiramos ocho, los pelamos y los metimos en la hielera y luego nos volvimos a dormir. Como a las diez de la mañana nos volvimos a despertar, cruzamos el llano y nos metimos por una quebrada seca en busca de los venados, para darle tiempo al río a que disminuyera la corriente, pues con la lluvia seguramente había crecido demasiado. Solo tiramos un pisote sólo, así que decidímos regresar a Managua. Nos montamos al Land Rover como a las tres de la tarde y tomamos el camino de regreso. No había polvo pues con la lluvia la tierra estaba bien apelmazada. Cuando llegamos a la pasada del río me paré un ratito para observar la fuerza de la corriente y noté que la correntada no estaba tan fuerte, puse la doble transmisión y me metí en el río que estaba tan lodoso que el agua parecía fresco de tiste; cruzamos sin ningún problema, me paré, quité la doble y arranqué de nuevo, prosiguiendo nuestro viaje de regreso. Al otro lado del río pasamos por un Asentamiento de chozas de paja que estaban a la orilla del camino y en una de ellas estaba un gential que se tenía una tremenda bullaranga; lloraban y pegaban gritos de angustia. “Pobres”, le comenté a Gabriel, se les ha de haber muerto algún familiar. Seguimos de paso y como a los tres kilómetros nos encontramos a un anciano como de noventa años, todo curcucho, que se volteó lentamente y nos hizo señas para que nos detuviéramos. Me paré a la orilla de él y le pregunté con mucho respeto; "¿Para donde va abuelo?" Se tiró tremendo estornudo, sacó un pañuelo blanco de la bolsa de su pantalón caqui, pañuelo que parecía más bien Arco Iris, pues estaba empapado de tanto moco, se limpió los uracos de la nariz, luego me miró con los ojos llorosos y opacos y me dijo con voz gorjeada: “Voy para donde mi sobrino y fíjese que no hallo la casa; creo que ya me perdí; porque siento que he caminado mucho y todavía no llego”. “¿Y usted donde vive abuelo?”. Le pregunté con ternura. Volvió a estornudar y a limpiarse con el embarrado pañuelo y después me contestó sin señalar a ningún lado: “Allí nomasito, a la orillita del río; yo creo que este catarro me va a matar. Yo pelié en la guerra de Moncada. ¿Sabe?.. . Contra los conservadores; era soldado de Sandino, entonces tenía mucha energía, estaba joven, ahora soy como un buey viejo... . ¡Ya no sirvo para nada!” Volví a ver a Gabriel y le dije: “Te apuesto a que el abuelo es el motivo de la lloradera de toda aquella gente, bajémonos y subámoslo al jeep.” Lo subimos, le dije a Gabriel que se fuera con el anciano, le di la vuelta al jeep y nos regresamos al Asentamiento. Cuando empezamos a detenernos a la orilla de la gente, pude ver en el rostro de los mayores un pequeño rayo de esperanza. Me detuve y cuando Gabriel comenzó a bajar al anciano, una señora gorda que tenía puesto un delantal encontilado pegó un grito mezcla de angustia y de alegría: “¡Papá, papito lindo! Y después un poco más calma dijo: ¡Ay papito! ¿Adónde andabas? Y sin decir una palabra más lo apercolló y lo llenó de besos y caricias y después secándose las charolas empapadas de lágrimas con el delantal, lo regañó entre brava y alegre: “No volvés a salir sólo papá; creíamos que te habías ahogado en el río”; luego se volteó y le dijo a uno de los chigüines: “Carlitos, corre y andá buscá a tu papá en el río y decile que tu abuelo ya apareció. ¡Ah!.. . Y cuidado té caés en la corriente, chavalo jocoteado de mierda”. El cipote tierroso, zonzoneco, diente pelado y sin camisa, con la mano volteada se secó las lágrimas y la flema verde que tenía guindada en los uracos de la nariz; y un rastrillazo de moco le quedó pintado en el cachete derecho; se limpió la mano en el pantalón deslullido, dio media vuelta y salió en baraustada rumbo al río. “Pase señor, pase adelante, mi nombre es Mercedes. Este es mi papito lindo”, se llama Domingo. Volvió a apercollar al anciano y luego dijo en forma desfallecida: “Con tanta cosa que nos a pasado hoy, no sabe cuanto le agradezco que me lo haya encontrado”. Doña Mercedes se emocionó y volvió a limpiarse las lágrimas con el delantal encontilado y luego, cuando me miró nuevamente parecía Mapacha, pues las cuencas de los ojos le quedaron negras por el contil. “Permítame presentarme”. Le dije. “Soy Adán Torres y este es mi buen amigo Gabriel Carcache H, oriundo de las isletas de Granada. Encantada de conocerlo Don Adán y a usted también “Don Grabiel”. “¡Muchachos!.. . Vayan a la cocina a buscar dos costalitos de harina y le llenan al señor: Uno de mangos y el otro de jocotes de cocer y córtenle sólo de los más rojitos. La parva de cipotes salió en guinda con unas varas largas rumbo a los árboles frutales, menos el cumiche, que se quedó pegado como mozote al delantal de Doña Mercedes, con el dedo gordo metido dentro de la boca como chupeta y el índice y el dedo de en medio, metidos como tapón dentro de los hoyos de la nariz, cansado talvez el chigüín, de andar los mocos guindados como moco de chompipe. Gabriel y yo nos sentamos en unos bancos que estaban debajo de un hermoso árbol de Laurel de la India; en cuyas ramas trinaban y se enseñoreaban unos Clarineros, mejor conocidos como zanates. Enfrente de la choza, en un palito cargado de limones; unas salta piñuelas que entraban y salían del nido; moviendo alegres las colitas y acarreando en sus picos pedacitos de paja que arrancaban del techo de una vieja choza que parecía abandonada. “Que apacible es aquí”. Le comenté a Doña Mercedes; cuando se acercó con dos jícaras repletas de chicha pujagua, bien endulzadas con dulce de rapadura y olorosas a maiz fermentado. “Pues cuando quiera”. Me dijo llena de felicidad, “le podemos vender una manzanita de terreno; de esta finquita que compró mi Papito hace ya muchos años. No me lo está preguntando; pero mi Tata peleó en la guerra de Moncada, al lado de los liberales. Después de la guerra fue telegrafista y cuando se jubiló, el gobierno jamás le pasó pero ni un chelín y si no ha sido por esta finca que compró mi papito con sus ahorritos, ahorita la estuviéramos pasando deapalito". “Es que en este país”. Le comenté yo: “Los labiosos, los serviles, los tábanos, los perros y los sapos que rodean al hombre fuerte; son los que se lucran de las migajas que se le caen al jefe del plato; el resto de la gente que “coma ya sabe usted que”; le dije a Doña Mercedes terminando mi comentario. "¡Ay sí, yá lo sé! Me respondió Doña Mercedes e interrumpiendo la conversación, entró todo el chavalero* con el costal de mangos y el costal de jocotes. Me levanté y tomé el costal de jocotes, me fui directo al brocal del pozo y con un balde que tenía un mecate largo con una piedra amarrada a uno de sus lados y que sirve para desnivelar el balde y hacer que este se hunda en el agua; saqué agua limpia, lavé los jocotes y después me despedí de Doña Mercedes y de su esposo, de Don Mingo, que tranquilo fumaba y mascaba una pipa sentado en una perezosa, del tierroso jetón y del resto del chigüinero, luego me monté en el jeep y lo encendí. “Bueno, que me le vaya muy bien y que Dios me lo bendiga y ya sabe que la oferta está en pie, oyó don Adancito; Pero sólo a usted le vendemos la tierrita a nadie más; adiós Don Grabiel. Y a medida que empezaban a rodar las ruedas pude oírla decir: “No nos olviden oyeron, aquí los esperamos”. “Bueno”. Le grité yo. “Por hay volvemos otro día y cuídense mucho.” Encendí el radio del jeep; y Gabriel y yo nos fuimos comiendo jocotes de invierno rumbo a Managua, por aquel camino de tierra, de mi querida Nicaragua. |
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