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Me contaron que por matizar un poco la jornada, un demonio, sintiéndose aburrido de hacer maldades, de ser tan jodido, empezó una obra bienintencionada. Desplegó materiales y herramientas y estaba entusiasmado en su trabajo, cuando un ángel, mirando para abajo, de novedad tan grande cayó en cuenta. Contentísimo, dijo "¡Es de admirarlo!" y bajó la escalera en cuatro saltos; al poco rato compartía los altos propósitos del diablo, al ayudarlo. Tomó el martillo el ángel, con más gana que habilidad, es justo declararlo; tan poco tino tuvo, que al bajarlo no le quedó ni media mano sana..jaja. Al sentir en el dedo el martillazo se le escapó una frase un poco dura; el diablo se rasgó las vestiduras pero, al dolor del otro, no hizo caso.(1) Ahí saltó a la luz la diferencia: el ángel tuvo voluntad de sobra para ayudar a hacer la buena obra; al diablo, importan más las apariencias.* Fijate bien a quién seguís el tranco: este hecho nos enseña, analizado, que al lado del demonio bien hablado es mil veces mejor el ángel manco.* Y si vas a elegir, jamás lo dudes: nunca pretendas parecer perfecto, que bondad no es ausencia de defectos sino, más bien, presencia de virtudes. Antonio Saldana enero-marzo de 1998. Dedicado a los hipócritas (1) los versos del medio de esta estrofa originalmente decían: "no pudo reprimir una puteada; / puso el diablo cara escandalizada". Pero a varios bien hablados les pareció ofensiva, y opté por cambiarla como está ahora |
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