Es difícil desprenderse de la poesía cuando se le ha estrechado con tanta profundidad, cuando se ha palpado sus raíces más hondas, ese lazo entre la poesía y el espíritu tan ceñido, esa profundidad recíprocamente compartida hacen un nudo fuerte y duro que resulta casi imposible desatarlo y abandonar todo aquello que fecunda el espíritu; la madurez de la palabra, la transparencia de su silencio, su voz encriptada, sus ecos internos, sus volúmenes, sus signos de certeza, su cuerpo de cadencia, todo esto lleva sin dudas a formar una palabra que se nutre del ser mismo y que crece en forma desmedida, a veces se apacienta y se detiene para regenerarse y no desgastar su fuerza, esto es la poesía que no descansa, que no podría olvidarse en un resquicio y dejar de alimentarla, porque es tan grande su fuerza y su destino que acabaría por desbordarse y salir a flote para manifestarse en cualquier momento aun en el mas incomodo e infértil se que subiría hasta un punto supremo donde no se puede esconder su cuerpo, su origen, su voz, la expresión que crepita en lo místico del ser y el sonido que no se escucha solo se percibe, es el impulso que sube hasta la inspiración del poeta, abarcando los sentimientos mas olvidados, hasta los más insensibles sentimientos producen poesía.
Desprenderse de ella sería asesinarla cortar su vena yugular y dejar su sangre correr insensiblemente en olvido, porque desangrarla es desangrarnos.
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