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LA ALEMANA Adán Torres A veces, viviendo aún en Nicaragua, se desataba en mí un deseo de nostalgia. Estos arranques inexplicables, me obligaban a buscar ávidamente, algún lugar en la naturaleza, en donde calmar mis angustias. Esa mañana decidí, que era en el mar, en donde debía reposar mis inquietudes. Era día de semana, día de invierno. Negros nubarrones oscurecían a veces el sol, tapándolo y destapándolo; Algo así, como cuando uno juega de noche con un foco y con la mano cubre y descubre el haz de luz que sale de la bujillita de la lámpara. Serían aproximadamente las 11 y media de la mañana, cuando estacioné mi moto Honda debajo de un hermoso árbol de almendro, que ya dejaba caer sus primeras frutas sobre el pavimento; De la calle principal de Masachapa, Nicaragua. La playa estaba desolada y vacía, y apenas, a lo lejos, se divisaba a una pareja de enamorados. Enlazadas sus manos, caminando sin prisas, grabando sus pequeños pies sobre la alfombra ondulada de la arena. Huellas que desaparecían bajo las diminutas y cristalinas olas, que perezosas y sin fuerzas, apenas cubrían la arena dormida de la playa, como una pintura de barniz transparente. Me dirigí entonces hacia el hotel de un tío de mi buen amigo Giácomo Paniagua, y después de sentarme en una mesa que tenía un mantel blanco de tela gruesa; en cuya superficie estaban: El infaltable salero, una botella de salsa de tomate, otra de salsa inglesa y un frasco grande de vidrio cuadrado, lleno de cebollitas picadas, chiles congos, pedacitos de zanahorias y repleto casi hasta la tapa, de oloroso vinagre de guineo. Se acercó entonces a la mesa; una mesera requeneta, que tenía ensartada una peineta grande de imitación de tortuga de Carey en su pelo negro, liso, bien peinado. Y embadurnado con brillantina simple, llamada comúnmente en Nicaragua: "Brillantina de a real"; Siendo ésta, "la de embadurnarse el pelo", una costumbre muy popular entre la gente humilde de nuestro pueblo. Al sonreírme, en sus cachetes pintados de pinolillo, se le dibujaban camanances, que parecían dos remolinos que se forman, cuando las nubes recogen agua del lago Xolotlán y la suben en violento espiral hacia el cielo y luego caen encima de los tejados de las casas de Managua, además de lluvia: Guapotes, mojarras, tortugas y pequeños lagartos negros. Le pedí entonces, que por favor me sirviera: Un pescado entero, boca colorada (pargo), una pepsi bien fría, y un vaso repleto de hielo picado; De un quintal que había visto acostado de canto en el suelo de la cocina, cubierto con un saco de bramante empacado con aserrín, que perfumaba el local, a madera fresca recién cortada. El olor a pescado frito, recién cocinado, entró profundo en mi sentido del olfato y al instante, el sentido del gusto me hizo agua la boca. Tomé el limón y lo exprimí con fuerzas sobre el pargo y también encima de la ensalada y del arroz blanco y voladito. Los tostones de plátano verde, tostados y doraditos, estaban recostados sobre un gallo pinto de película. Sería el hambre, o la cocinera, pero nunca en mi vida he probado jamás, pescado más delicioso, que aquel que me llevó aquella mesera requeneta. Con cuidado me fui comiendo aquel pescado de color pálido coral, pues las espinas son peligrosas, luego, lo tomé de la cabeza y la cola, le dí vuelta al otro lado y me comí el resto de aquel animalito, que unas horas antes, y en el fondo del mar, movía alegre sus aletas dorsales, en busca de pequeños pececitos y crustáceos, con los cuales alimentar su insaciable apetito. Después del banquete solitario, pagué la cuenta, le di una propina a la dulce mesera, que coqueta se alejó, como si se acababa de bajar de un caballo trotón y cholenco. El murmullo lejano de las olas del mar me sonó algo así como a canción de cuna y un sopor acalorado se fue posesionando de mí. Entonces para no dormirme, decidí ir a buscar unas pozas que hay en Masachapa, a las cuales mi madre solía llevarnos a bañar; Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños y a esa edad, la vida es toda pintada de rosadito. Comencé a caminar por la húmeda playa, mientras un viento marero traía fragancias de algas, yodo y salitre. Gracias a la marea baja, pude subir sobre las filosas piedras, y saltando sobre unas y otras, éstas me fueron llevando casi hasta donde reventaban las olas. Y allí, a unas cincuenta varas de donde yo me encontraba, fue donde la vi... . ¡Completamente desnuda!... . Tendida sobre una toalla de colores alegres, tomando sol... . ¡Aunque ella misma parecía un rayo de oro! Su espesa y rubia cabellera, parecía pintada con miel de Jicote. Sus senos parecían dos Momotombos erguidos y desafiantes y en sus cumbres se coronaban, dos deliciosas melcochas rosadas. Su íntimo y sagrado secreto, parecía un enjambre de abejas italianas, listas a volar en busca de una rama hueca, en donde construir su linda colmena. En ese momento no supe que decisión tomar. Si regresar por donde había venido, o quedarme allí contemplando aquella belleza germana. Opté por lo segundo. La verdad es que yo nunca pensé encontrar algo tan bello como aquella criatura, que se asoleaba íngrima sobre aquellas rocas negras, erosionadas por el ir y venir de las olas del mar... . Además, estas cosas suceden "solamente una vez" en la vida. Todavía, aun indeciso estaba pensando estas cosas, cuando, por algún presentimiento vi que se volteó aquella belleza dorada, me vio, e inmediatamente se incorporó completamente desnuda. Y ella así, y yo embelesado, nos quedamos viendo por un rato; que pareció más bien una eternidad. Parecía ella un ángel rubio, una gaviota, o una sirena de mar, pero sin escamas y sin plumas. Recogió sin prisas y sin temor: Su vestido de baño de dos piezas, su toalla, se cubrió con ella, se puso unas lindas sandalias, unos anteojos de sol y se alejó sobre la superficie de un viejo rompeolas. ¡Cómo una modelo de Oscar de la Renta! Yo me quedé viendo el mar, pero el mar ya no tenía el mismo sabor. Aquella mina de oro me arruinó la tarde, más bien diría yo: ¡Me la embelleció!.. . Decidí entonces irme. ¿Qué sublime elemento podría ver, o disfrutar después de aquello? A mi regreso, me detuve en el único semáforo que tiene Masachapa, pues la luz roja estaba encendida. Allí se detuvo un Mercedes Benz negro, de lujo, miré sin curiosidad hacia el carro y allí estaba ella. ¡Bella!... . ¡Cómo una puesta de sol a la orilla del mar! Me vio con coquetería y me sonrió dulcemente, incliné mi cabeza en saludo de amistad y respeto. El semáforo se puso en verde y el carro arrancó raudo y veloz... . ¡Qué linda se miraba, sentada en aquel asiento tapizado de cuero rojo! Yo, puse primera y arranqué suavemente, yo, que por lo general soy distraído, no quería sufrir ningún accidente, no, después de ver a aquella preciosura. Entonces me fui cantando de regreso, en medio de los cañaverales, aquella canción que en aquel tiempo grabaron Los Tres Reyes, titulada: "Como una visión", y que la letra dice más o menos así: La única sensación de mi vida. La única emoción de mi alma. Fue cuando en la playa tendida Dejaste mi corazón sin calma. Tu cuerpo quedó grabado en la arena En mi alma quedó grabada una pena No, no vuelves allí, pero yo si vuelvo a contemplarte así, no, no vuelves allí Pero yo si vuelvo, a contemplarte así. En mi memoria Quedaste grabada eternamente. Por eso te sueño Te nombro amorosamente Es imposible dejar de quererte Alma de mi alma. Me perteneces, Me robaste todita la calma. No, no vuelves ahí Pero yo si vuelvo A contemplarte así No, no vuelves ahí Pero yo si vuelvo A contemplarte así. L & M A. Flores |
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