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La cruda realidad de un Adulterio!
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Para realizicion de este drama fue utilizada palabras de la vida cotidiana, para algunos(as) pofria ser ofencivo, si te ofende por favor no sigas el drama: Espero que la disfruten: ~~~~<> <> <> <> ~~~~~~~<> <> <> ~~~~~ (1) Me llamo: Bueno eso no importa lo que les quiero contar es que ACABO DE COMETER ADULTERIO. Y lo hice más por venganza que por búsqueda de placer. Lo hice porque estoy despistado viviendo en mi casa., alucinado hasta el punto de mirar por la ventana y no ver más que un grito verdoso, piel de culebra, mordida de grillo. Y si de nada me ha salvado estar con esta otra, al menos he sido capaz de evadirme de todas esas sombras que me rondan, de las palabras vanas, del vacío semanal de los domingos cuando me aterrorizo viendo pasar las horas. Me llamo Bueno eso no importa y he cometido adulterio. A mi lado, la mujer con la que hice el amor, duerme. O se hace la que duerme y sólo está en guardia, pendiente de mis movimientos, temiendo que de pronto yo saque una navaja y la apuñale para robarla. Pero nada de eso le va a pasar. Incluso cuando despierte o se haga la que despierta, le daré un beso en la frente. Yo soy un maje bien educado, sólo que he roto mis lazos de fidelidad por pura desesperación. Me llamo bueno ya les dije que eso no importa el punto es que he cometido adulterio. Y no me arrepiento, ya cualquier cosa puede pasarme en este combate contra mí mismo. Incluso que muera y me encuentren aquí desnudo, en esta habitación barata y de paredes torcidas, pintadas con un gusto atroz. Seguramente alguno que cohabita con el caos pintó estas paredes. Se desahogó, libró una batalla y venció. Se sabe porque todo lo dejó asqueroso, pura mortandad a los brochazos. Y está en lo posible que este pintor apocalíptico sea la mujer que está a mi lado, todavía oliendo a los dos y a un perfume dulzón que me quemó la lengua cuando la besé en el cuello. Olía bien y sabía mal, todo un engaño o quizás ella convive con su opuesto para que se sepa que no va por la línea recta. Como yo, que no soy capaz de seguir un punto y necesito que todo se pierda de vista. O que no se pierda, así habrá tiempo para que los demás me alcancen. |
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2)Esta ha sido mi vida, esperar a que me den caza, zorro yo, perros, caballos y cornetas ellos: libertad de libreto, dioses mediocres en los marcos de las ventanas, orden esclavo, norma mutante, control horario, sangre apagada, vencidos con la mano en alto saludando eternamente al jefe. La mierda. La mujer que está a mi lado se llamabueno pongamosle Nibia , ese nombre me dijo que tenia. Es factible que se llame Alcira o Darly, o váyase a saber que otro nombre extraño cargue. Las postitutas se inventan ellas mismas, así dan en la irrealidad lo que cada cliente pide. Son monjas, son colegialas, son esposas, son vecinas, tienen corte y estilo. También logran ser fantasmas cuando hacen el amor con los muertos. Nibia tiene cuerpo de haberlo hecho, de ser desierto y selva, ciudad y campo, carne y nada. Es sonido, rugido, queja, risa, respiración entrecortada, furia, soledad. Se siente. Pero no he podido mirarla a los ojos. Nibia ha dejado que la mire toda, parte por parte, que la recorra al detalle, pero no me ha permitido que la vea a los ojos. O yo no la he mirado allí, es posible. Claro que no vine a mirarla a los ojos sino a adulterar con ella. Fui tremendamente claro cuando me le acerqué y le hice la pregunta de cuál es tu tarifa y ella, moviendo su bolso y mordiéndose las uñas pintadas de rosa, soltò una especie de ronquido simple: - todo depende -. No pregunté más. La tome del brazo y me dejé llevar. Las prostitutas llevan la incitación, nosotros sólo las seguimos. Y yo la seguí, soltándola del brazo en ocasiones para mirarle las piernas, grandes y gruesas, montadas sobre unos zapatos abiertos que dejaban ver unos dedos apretados de uñas rojas. El dedo gordo se le montaba por encima de los otros dedos. Y esto me exitó. El adulterio, me enseñaron en el colegio y la casa, es una acción sucia, y es claro que lo es, pero exita. La seguí por ese dedo gordo de uña larga que hacía parte de un pie atado con correas verdes. Respiraba yo de manera intermitente y mantenía la mano bien agarrada a la carne colgante de su brazo. Nibia no era gorda, pero la carne del brazo le colgaba. Tal vez sus treinta o cuarenta años, muy difícil calcularle la edad a una mujer maquillada y con el cuerpo apretado por el vestido. Carne saliente por todas partes, así se me ofreció la mujer: la camisa entre abierta para dejar ver la piel de los senos y el estómago, las mangas sisas para que una tira del sostén rojo se le viera; los zapatos estrechos, así el dedo gordo no se veía más agresivo. Y el pelo ampliado a punta de shampú barato, para que el teñido fuera más alucinante. Me dejé llevar por Nibia y ella me llevó envuelto en todos los sueños manchados de mi adolescencia. Cuando la tuve desnuda, todo se remitió al hundimiento del Titanic, yo había visto esa película hacía poco. Y allí cometí adulterio, en medio de todos esos colores terribles de las paredes y el perfume amargo de ella, babeándola, permitiendo que me apretara con las piernas, soltando palabras inciertas por los labios enrojecidos y los dientes pequeñitos y bien cuidados. Nibia tiene los dientes blancos, es como si nunca tocaran la mugre. Y los muestra poco, imagino que no los vende. [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:05] |
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Locura de preservativo, introducción plástica, luego nada. Así podría definir mi adulterio, agregándole aquello del dedo gordo del pie de ella, con uña roja, ancho,que le besé sin temores y le mordí como un Saturno devorante. Y ella gimió, la boca encogida, los dientes cortos y blancos apenas evidenciándose. Luego los senos estrábicos, al final una simiente perdida en la funda de caucho. Es una contradicción el adulterio, al menos el mío, un acto de vacío, como si me hubiera tirado por alguna ventana siguiendo el vuelo de algún pájaro feo, con mil colores desordenados entre las plumas. Dicen que algunos siguen al sol, que también es una forma de matarse porque no lo alcanzan nunca. Nibia tiene la raíz del pelo negro, el resto es un naranja de muñeca. Muchas veces he dormido con mis hija y sus muñecas, conozco esos pelos plásticos. Y es claro que este conocimiento (mi hija y sus muñecas) podría llevarme al arrepentimiento. Pero no, no me invade ni asco ni remordimiento, nada. Y mirando la cabeza de Nibia, teñida con ira, pienso en lo que pudiera haber más allá de las ventanas de la habitación. Quizás otra habitación igual con la misma bombilla colgante, con otro hombre y otra mujer tratando de reponerse del amor deshecho, ella tratándose dormir o haciéndose la dormida mientras el hombre, a su lado y sentado sobre el borde de la cama, fuma un cigarrillo. O bien, pudiera ser que al otro lado de la ventana no esté el espejo donde imagino que me reflejo. Puede ser una habitación vacía que huele a grasa, a moho, nada que mirar. Como debe ser el interior de la cartera de Nibia, bolso plástico y brillante con los dibujos de la superficie partidos, barata, para que la policía la mire con desprecio y la esculque a prisa. Las mujeres como Nibia aportan poco, son luces titilantes en las oscuridad de los que salimos a vengarnos, no más. Sólo les interesa que no les descubran la edad ni la enfermedad ni el odio. A quién odia Nibia? Supongo que odia y envidia, que todos los días asiste a un ritual de muerte donde ella es la sacerdotisa que oficia con un cuchillo de obsidiana, como en las películas mejicanas terribles de mis primeros años de secundaria. Nunca me cupo en la cabeza que la sacerdotisa inca o azteca hablara en castellano y tuviera cara de ama de casa disfrazada. Quedó fija esta mujer en mi pubertad y quizás Nibia haya sido un volver a ella, a ese sexo afeitado que espolvoreaba con polvo medicado para matarse no sé qué hongos. . A las mujeres malas les tenía miedo, se suponía que las malas eran las que te podrían la sangre. Era tímido y esos dos segundos que logré ver a mi tía me fueron suficientes mete-saca familiar, cosa de tener 14 años y el cerebro caliente todo el rato. También vino una mujer del servicio y en ella me hice mirándole los muslos y las nalgas. Recuerdo sus calzones amarillos. Nibia tiene unos de color magenta, repletos de pequeños nudos. Debe ser las lavadas con detergente y el secado a punta de secador de pelo. No creo que Nibia (la llamada Nibia) sea mujer que se gaste el dinero en interiores. Claro que lo digo por mí que se los desprecié, que si ella no se protege se los arranco de un manotazo. Estuve ansioso con ella, destructivo, guerrero asesino sin armas, sólo mis manos apretándole las caderas, indeciso de si metería mi cara en ella, en el vientre blanco con vellos negros, revueltos, apenas cubridores. No lo hice, sólo la miré ahí y bajé a su dedo gordo, el dedo adulterador, que ahora está escondido bajo una sábana que huele a jabón de sebo. Limpia esta sábana de la cama donde me ha traído Nibia. Manchada pero limpia, percudida por el uso, pero sin olores que asusten la boca del estómago. [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:10] |
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__Por qué no me he marchado? Ya le di el dinero, ahí en frente está mi ropa, la habitación está cargada de humo y lo que veo de Nibia, su espalda desnuda, el brazo que deja ver un trozo de seno, la sábana que le cubre media nalga, todo lo que antes despertó mi pasión ahora es una bolsa sin nada dentro. La veo como un cuadro sobre el cual no pudieron seguir pintando. Me habita el aburrimiento y son las diez de la noche. Aun puedo irme a casa y entrar en silencio, sin que exista, igual que ha sucedido en los últimos días. Besaré a mis hija y veré a mi mujer recostada en el sofá delante del televisor, rodeada de papeles escritos a medias, seguro invitaciones a cócteles, el cenicero repleto, la lejanía evidente. - Estás bien?-, me pregunta la llamada Nibia. La voz sale de entre ella y la sábana, pareja, sin señas de haber dormido. - Creí que estabas dormida -, le digo y siento que tengo frío. Recuerdo el beso en la frente, pero lo niego. Me coloco la camisa y vuelvo a sentarme en el borde de la cama. Tengo deseos de irme y no irme, siempre esta indecisión, igual que en casa, soy y no soy; estoy libre de hacer algo, pero no me atrevo. - Estoy bien -, acabo diciendo, pero no lo estoy. La verdad, estoy preso, metido en un cuadro de Eduard Hopper, siniestro, inocente, imposible para cualquier juicio. Si en este momento Nibia quiere matarme, puede hacerlo. Tiene derecho, le estoy estorbando, ella no es mujer de compañía. - Querès un café antes de irte? -, me dice levantándose, sin cubrirse, para que le vea sus carnes que ya no son firmes. Camina hasta el lavabo y se lava las manos. Me mira y pregunta de nuevo. Yo me encojo de hombros y ella, colocándose unas gafas oscuras, sólo eso, va hasta un rincón de la habitación y conecta una cafetera. Sus ojos están escondidos de nuevo. Yo apenas si miro la carne que toqué, el dedo gordo. Mientras el café hierve, ella se coloca un batón de flores. Son flores grandes y mal estampadas que la envejecen. Sobre todo el cinturón, que le cae encima del sexo con abandono. Ya no es la Nibia que traje del brazo, ahora es una mujer pequeña de labios gruesos, manos de uña comida y pies demasiado grandes para ella. Yo también debo ser otro, cubierto a medias por una camisa, sentado en el borde de la cama como uno de esos que se sientan a mirar un paisaje invisible a la orilla de un abismo. Imagino que ella está acostumbrada a hombres como yo, solos en la incertidumbre de colores de esa habitación, afeminados. La miro sin hacerme preguntas sobre lo hecho. La miro igual que miro la ventana cerrada, el nochero donde descansa el bolso plástico, el preservativo que ha quedado colgando sobre el borde una papelera en que se lee Pepsicola. Definitivamente habitamos un cuadro de Hopper, sólo que los colores están despintados, como la llamada Nibia y yo, los dos en silencio, salvo la cafetera que suelta un ruido a hervores, un olor a café, unos hilos de humo que no interesan a nadie. Si me dieran a escoger entre Nibia y la cafetera, me quedaría con la cafetera, y la llevaría conmigo hasta encontrar alguno que la quisiera recibir. Si no, la botaría. Con la tal Nibia no sería capaz o quizás si, de nuevo la indecisión, porque mirándola bien, con ese pelo naranja y el batón que se le abre dejando ver la caída de los senos, ella es también una cafetera. Pero no hierve ni huele, sólo envejece delante de mí, los pies grandes abiertos en V, los ojos cubiertos por unas gafas negras baratas. Los dos estamos quietos, partida de ajedrez que comienza o finaliza: así nos podrían dibujar. [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:14] |
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-Tengo 30 años cumplidos, 8 de matrimonio, dieciocho de profesional. Un hombre a la medida para la patria y la sociedad. Pero muy aburrido desde los seis meses de casado. Ahí comenzó el vacío, en una discusión violenta con mi mujer. No me explico como ese día no aceleré más y me embutí bajo cualquier autobús, tenía muchos delante. Con una conversación desvariada comenzó el aburrimiento y desde entonces me he mentido. Por esto no me molesta que Nibia me mienta, que se invente el nombre, que ella misma se haya inventado hace cosa de una hora cuando era una mujer sensual, fetiche, objeto, y que ahora no es más que una llamarada que se extingue, metida en esa caricatura de albornoz que la convierte en una dama nadie. Y en ese batón de flores enormes, Nibia me mira a través de sus gafas oscuras y me ve hundido en el borde de la cama, mis piernas desnudas cerradas, las manos apoyadas sobre la sábana, la espalda curva, la cabeza casi clavada sobre el pecho (mártir yo del aburrimiento), las cejas levantadas para verla a ella que no se mueve, que parece clavada al piso al lado de la cafetera que hierve y hace sonar la tapa, clap-clap-clap, aplauso lento, de golpeteo, de gente que reclama, que está furiosa. Somos dos en el abandono, yo libre de irme, ella también. Pero no nos movemos. Una leve erección me hace pensar que Nibia podría disfrazarse de nuevo, convertida otra vez en prostituta y yo en sexo ansioso y pendenciero. Pero el deseo es vencido por el olor a café y porque ella se lleva las manos al botón del cuello y se cubre, encerrándose, apenas los dos pies, que ya me parecen descomunales, sobresaliendo por los bordes del albornoz que se me antoja milenario, chino, absurdo. - Ya casi está el café -, dice la sombra de Nibia escondiendo un pie, dejando el otro afuera, el del dedo gordo que bebí. - Ya casi está -, le respondo con desgano mirándome las rodillas, la derecha todavía con una cicatriz, golpe duro el de ese día, creí que me la había partido. Todo por andar caminando bajo la lluvia. Pero me salvé, creo. Y dudo, porque allí bajo la rótula puede esconderse un animal siniestro que me traicionará cuando menos lo piense. La traición, eso. Estoy rodeado por gente con deseos de vengarse, ciudadanos honorables que hablan despacio y midiendo cada palabra, aprendices de mago, todos ellos endemoniados pero bien retribuidos, investigadores privados. Terribles en sus tribunales. Creo que Nibia sea diferente, al menos se arriesga a ser ella en ese batón que se le ha vuelto a abrir y ahora deja ver una teta completa, el pezón amarilloso y encogido, ausente de toda emoción. Se le ha salido el seno cuando volteó para mirar la cafetera, cuando la tomó con sus manos y la desconectó. Y le importó poco que su cuerpo volviera a salir al aire enrarecido de la habitación, plagado del color de las paredes, verdoso con la luz de esa bombilla que no apagamos. En estos casos de sexo pagado y delirante no se hace el amor a oscuras. Ninguno que sea un buen ciudadano como yo, siempre con miedo de ser víctima de un crimen, se atrevería. Creo también que Nibia nunca lo haría, hay mucha gente criminal por ahí. A la luz siempre hay control, la certeza de ver lo que hace el otro. Es un mero consuelo no más, porque ya se sabe de crímenes que no pudieron ser evitados a pleno día, el sol entrando por la ventana, los ojos viendo. Claro que en este caso es por exceso de confianza. En cambio, a la luz de la bombilla uno está alerta, los poros de la piel mirando, la respiración también. Somos gatos. [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:18] |
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-No tengo azúcar, le tocará beberlo amargo-, dice Nibia y yo la miro: en sus manos hay dos tazas distintas, una azul y otra blanca con líneas doradas. Me parece que puedo tomar cualquiera, que ninguna es la taza personal de Nibia. Las tazas humean y el humo ha empañado las gafas de esta mujer con un seno afuera. Miro el pezón que tiene un aire melancólico, de frasco viejo, nostálgico. Nadie se ha amamantado de él, supongo, nunca ha tenido azúcar. -Es la misma teta que usted me tocó ahora-, anota la mujer que sabe que tengo los ojos en el pezón, colocándome una taza en la mano. Yo sonrío, idiota, sintiendo que mis dedos se erizan al contacto del calor de la taza. Tomo el asa y descanso. El olor a café recién hecho me entra en la nariz. -Gracias-, le digo a esta mujer, que se ha sentado a mi lado, el batón completamente abierto, dejando ver sus piernas y el nacimiento del vientre. Una de las piernas de ella me toca. Bebemos de las tazas, silenciosos, la mujer llamada Nibia sorbiendo. Siempre me ha molestado la gente que sorbe como si se propusiera no dejar beber a los demás. Ese ruido infame me enerva cada vez que lo oigo, pero no ahora. No me importa oír los sorbidos de Nibia, que los hace encogiendo la boca y llevándose la taza a la cara como si quisiera chuparla. Alucinante una mujer semi-desnuda y de gafas oscuras, el pelo naranja explanado y molestándome una oreja. La miro de reojo a la cara y las piernas, al dedo gordo, y bebo lento de esa taza azul que no parece bien lavada. Sabe mugriento el café. El ombligo de la Nibia tiene el tamaño de un botón de camisa. Ahora que tengo la taza en la mano y no la miro a la cara, le puedo ver el ombligo redondo y delicioso, si delicioso puede ser un orificio sin uso, a menos que la lengua le haga cosquillas, entonces es hilarante para el otro y para el de la lengua huida del deseo. Se dice que la risa, como el llanto, tienen un momento en que enfrían el cuerpo, como asustándolo. Podría ser cierto. Mirando el ombligo, ahora en forma de ojal, de esta mujer que me ha dado el café, siento la necesidad de pasarle una mano sobre el muslo. Lo hago y ella me deja. Y le miro más de frente el ombligo. Descaradamente me he doblado y, con un dedo, le toco el orificio. Está frío. Es el primer ombligo que toco en mi vida y lo percibo helado. Debe ser porque es un ombligo viejo o porque la mujer llora o se ríe. Claro que no se le nota nada, que las putas son capaces de llorar o reír sin que los clientes se den cuenta. Yo, en este momento, sigo siendo el cliente de la presunta Nibia y estoy sujeto a sus artes. Vuelvo a mi posición inicial y miro de nuevo a la ventana. En el marco de madera, en las hojas, sobre la aldaba, percibo ombligos de Nibia. A ella la han parido varias veces, una por ombligo, comienzo a suponer, mientras la oigo sorber ese café que no termina, que me ha dado tiempo para que le sobe lo que le queda de intimidad. Nibia, de repente y como si se hubiera sentado en un alfiler, se ha puesto de pie delante mío, se quita su batón y me coloca su vientre en la cara. Me levanto y quedamos a la par, mi pene a medio levantar. - ¡Puta! -, le grito y le pongo la mano en el sexo, duro, golpeándola. Ella recula sin un grito, retándome, las manos en el aire, mi mano vacía. - ¡Maricón! -, me dice con una voz que parece un silbo. - Maricón, lo supe desde el comienzo -. Ahora su voz es agria. Y mi deseo cae al suelo. Siento unas ganas enormes de orinar. Y de irme sobre ella para golpearla en el ombligo. Un golpe ahí y la puta rodará vencida por el suelo, segura de que la voy a matar. Me acerco a Nibia, pero ella no se mueve. Y cuando levanto la mano, de inmediato, entre las uñas comidas de la mano de ella, reluce una cuchilla de afeitar. La debió tener en el pelo. La escena es demencial, cargada de desmesura, tremenda, de cine surrealista. Yo en camisa apenas, mis piernas flacas y peludas, torcidas, caricatura de la edad. Y ella pequeña, desnuda, el pelo naranja como una explosión; con una cuchilla entre los dedos, las dos tetas sueltas y los pezones encogidos, enterrados. [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:38] |
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-Yo en camisa y ella de gafas oscuras, así no más, carnes enfrentadas, cada uno con algo para la identificación en caso de un crimen donde los dos finados quedaran si cara, yo mi cicatriz en la rodilla, ella una cicatriz a medias de vacuna sobre la cadera. Ya me imagino la sorpresa en mi casa, la vergüenza, yo muerto y descarado, identificable por la rodilla y el anagrama que tengo bordado en el bolsillo de la camisa. - ¡Va de retro! -, exclamo y la Nibia, sin entender, abre la boca y de la boca no sale nada, sólo la lengua rojiza y puntuda, de serpiente vieja que sabe que ya no cambiará más de piel, que seguirá siendo amarilla y con trozos de sequedad. Nibia la puta apenas, con las caderas crecidas por los años, igual que los dedos gordos del pie, falta de agilidad, mero maquillaje y disfraz, ahora una mujer chiquita y peligrosa, con la palabra maricón en la boca y la cuchilla de afeitar entre los dedos, sin saber bien qué le dije. - ¡Hablà claro marica!- suelta y yo me río. Es el miedo y la ganas de orinar, que la risa me llega a oleadas, subiéndome de la úrea contenida, de los pies fríos, yo queriéndome haber ido, sobre todo ahora que la mujer se me viene encima dispuesta a cortarme con el filo que le brilla entre los dedos, brillo oxidado, infeccioso, de maldición. - ¡Sólo quiero orinar!-, le chillo como una rata, frenándola. - Orinar, sólo eso, para irme -. Y comienzo a moverme pegado a la pared: - ¿dónde hay un baño -, le pregunto con voz sorda, y el dedo gordo del pie de ella me señala una puerta sin puerta, apenas el marco y una tela barata que la separa de la habitación donde estoy, que yo confundí con una sábana que se estaba secando, esas cosas se ven en los cuartos de las putas. Y aunque era mi primer adulterio y las imágenes de estas habitaciones me habían llegado en las películas de Fellini y en un libro Parìs-Texas de Carver, no pude orinar bien. Ella, alias Nibia, estaba. detrás de mi oyendo el chorro cortado, viendo el color amarillo, certificando que estaba asustado al punto de que me temblaban las piernas y las manos, animal cautivo yo en este ambiente que comienza a ser de hielo, ella detrás de mi con esa pequeña arma que me hace pensar en toda clase de atrocidades. Estoy llorando. Y Nibia también. Fin [Edited by nicoya on 18th April 2001 at 08:50] |
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