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Hablando de la visión que explica la violencia política de Nicaragua y su destino trágico diciendo que los conquistadores de Nicaragua fueron los más crueles, más aventurados, más rapaces y más rebeldes del Nuevo Mundo, Arturo Cruz Sequeira la contradice en su nuevo libro La República Conservadora de Nicaragua: 1858-1893, diciendo que “desde finales del siglo XVII, en Nicaragua quedaba poco de la raza de los conquistadores originales. La mayoría de ellos, ya no digamos sus primeros descendientes, habían emigrado constantemente durante ese siglo a las provincias del sur, entre ellas Costa Rica. Es más, al momento de la independencia, los elementos más prominentes de la población criolla—inclusive las casas ilustres de Granada y león—sólo podían comprobar la filiación de sus antepasados hasta comienzos del siglo XVIII.
Stanislawski en su libro La transformación de Nicaragua: 1519-1548 hace el comentario que no queda ningún descendiente de los primeros pobladores y encomenderos en Nicaragua, excepto algunos apellidos comunes en todo Iberoamérica tales como Sánchez, Rodríguez, etc. Los únicos dos nombres famosos, Hernando de Soto y Sebastián de Benalcázar, abandonaron Nicaragua sin dejar rastro. En su análisis del período 1821-1853, Duque Estrada observa que de las once familias importantes en los primeros años de la vida independiente, ninguna resulta ser descendiente de conquistadores y o de primeros pobladores del Antiguo Reino de Guatemala o de la Provincia de León. Por ejemplo, agrega Duque Estrada, el Capitán Alonso Díaz de Mayorga llegó a León hacia 1600; Juan de Agüero en 1627; Juan de la Cerda estaba fincado en El Realejo en 1684; José Antonio Lacayo llegó alrededor de 1700; Diego Chamorro de Sotomayor en 1730; Narciso José de Argüello y su hermano Diego Nicolás, también hacia 1730; Francisco Sacasa en 1746; Benito José de Abaunza alrededor de 1760; Gregorio Bolaños, alrededor de 1780; Mariano Ignacio Montealegre llegó a Guatemala alrededor de 1780 y a León alrededor de 1800; Juan de Zavala llegó a Granada en 1790. Delgadillo Rivas dice que hay como doscientos años muy difíciles de llenar en las genealogías de muchas familias nicaragüenses; hay un hueco difícil de llenar. Los que tienen la suerte de venir de familias españolas puras pueden hacerlo, pero la mayoría tiene un poco de indio y de negro y a estos ni los bautizaban ni los registraban así es que no dejaron rastro documentado. Vuelve a encontrarse el apellido hasta que los descendientes mestizos resurgen en la historia. Delgadillo Rivas basa sus observaciones en su basto ensamble genealógico de más de 24,000 personas. Es lo que Germán Romero Vargas llama el lento ascenso de los marginados. Romero Vargas concluye que el surgimiento del estrato constituido por la gente de sangre mezclada, resultado del cruce entre españoles, indios y negros, es uno de los rasgos más originales de la sociedad colonial de Nicaragua. Este estrato, numéricamente el más débil en el siglo XVI, vio aumentar sus efectivos en los siglos XVII y XVIII y llegó a constituirse en mayoría para 1821. Romero Vargas da cifras del padrón de 1776 indican que había en todo en país: 4,903 españoles,, 48,096 indios y 51,414 ladinos en un total de 104,413 habitantes. En porcentajes esto representa un 4.7% de españoles, 46.1% de indios y 49.2% de ladinos. Evidentemente que todos estos escritores y genealogistas están hablando de los apellidos ilustres de Nicaragua. Pero, ¿qué pasa con el resto de nosotros, los descendientes producto del mestizaje de 500 años? Por eso me he interesado a ayudar a amigos que no pertenecen a estas “ilustres familias” a investigar sus raíces. ¿Es posible reconstruir sus genealogías aunque sus antepasados no aparezcan el las historias de Nicaragua? Interrogando a personas mayores, hemos podido reconstruir 7 generaciones de la familia Mojica; 5 de la familia Coca; 6 de la familia Zeledón—no emparentada con los Zeledón del Norte; 6 de la familia Baltodano; 6 de la Román; 5 de la Narváez; 7 de la Mercado; y 6 de la Mendieta. Quiero hacer hincapié que ninguno de estos apellidos, aunque algunos sean iguales a los de familias más acomodadas, no pertenece a individuos de las familias ilustres; todos ellos son de artesanos, maestros de obras, aunque algunos poseen pequeñas parcelas de tierra, y todos ellos son de Carazo. Si asuminos 30 años para cada generación, estamos hablando de antepasados que se remontan 210 a 150 años atrás, es decir, a la primera mitad del siglo XIX. Como contraste, las “familias ilustres” solo pueden remontarse 100 años más atrás. Para no desalentar a nadie, tenemos que admitir que las genealogías de las elites gobernantes publicadas representan el esfuerzo acumulado de muchos años de esfuerzo, y no el interrogatorio de 9 personas mayores en Carazo y menos de 50 horas de trabajo que es todo el esfuerzo usado para remontarse de 5 y 7 generaciones atrás. |
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